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Homilía en Ordenación Presbiteral y Diaconal

 

HOMILIA DE ORDENACION PRESBITERAL DE JULIO CÉSAR FAEZ Y ORDENACIÓN DIACONAL DE ARIEL GUSTAVO OLMOS Y DAMIÁN RETAMAR

 

Iglesia Catedral Nuestra Señora del Rosario

 

Paraná, 8 de noviembre de 2014

 

Queridos hermanos:

Con profunda adoración y acción de gracias  queremos disponernos para lo que va a suceder dentro de unos momentos, en esta Iglesia Catedral. Sólo la plena vigencia de la fe nos hará pregustar cuantas bendiciones nos regala Dios en este día, con la ordenación de estos tres hombres jóvenes.

Julio, al ser ordenado sacerdote, recibirá la misión y facultad de obrar en  la persona de Cristo Cabeza; Gustavo y Daniel, al ser ordenados diáconos, serán habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad.

Por la gracia de Dios  y por la efusión del Espíritu Santo, hoy  se hará nuevamente presente la acción salvífica del Señor.

Lo que va a suceder de ahora en más en sus vidas, es la manifestación más evidente del amor primero de Jesucristo que los eligió, sin mérito de su parte. El Señor tomó la iniciativa “no me eligieron ustedes, sino que Yo los elegí...para que den fruto en abundancia”, y la única respuesta que espera Él , es la  respuesta de ellos que sólo puede ser: el amor apasionado por Cristo, el cual los va a llevar al anuncio apasionado de Cristo: Su secreto reside en la “pasión” que tengan por Cristo. Como decía San Pablo “Para mí la vida es Cristo”

El sacerdote, los diáconos encuentran y viven profundamente su identidad cuando se deciden a no anteponer nada al amor de Cristo y hacer de Él, el centro de su propia vida. De este amor surge la viva conciencia de su  consagración y misión. “Él que quiera servirme que me siga y dónde Yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12,26),  lo acabamos de escuchar en el Evangelio y también lo consolar de la entrega “El que quiera servirme será honrado por mi Padre” Jn,12,27

Este es el secreto de la fecundidad, de la plenitud, y de la alegría de la vida sacerdotal y diaconal. Si el centro no está en Él corremos seriamente el peligro de una vida aburguesada, que deje de ser luz y sal. “Esta  convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo.... Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo…  El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.” EG. N.66

El querido Beato Cura Brochero era un sacerdote fascinado por la belleza de Dios y como consecuencia, preocupado por sus hermanos de  tras la sierra y así consiguió el progreso espiritual y material de su pueblo...

Querido Julio:

Dentro de un momento serás ungido con el Santo Crisma, por lo tanto recuerda que serás un hombre consagrado por la unción del Espíritu Santo,  que te configura con Cristo Sacerdote, de tal modo que puedas actuar in persona Christi, continuando su obra redentora: enseñando, santificando, conduciendo al Pueblo, adquirido con la Sangre del Cordero.

Hombre totalmente de Dios, le perteneces con exclusividad. Esta realidad vivida tiene que constituir la fuente de tus más puras alegrías.

El sacerdote es por eso mismo un hombre enviado: "Como el Padre me envió, también yo los envío" (Jn 20, 21).  A través de este ministerio, el sacerdote se inserta en la gran multitud de quienes, desde Pentecostés, han recibido la misión de ir a anunciar la buena nueva. Te insertas en la comunión del presbiterio,  con el obispo y con el Sucesor de Pedro. ”Todos nosotros estamos insertados en la red de la obediencia a la palabra de Cristo, a la palabra de aquel que nos da la verdadera libertad, como les decía Benedicto XVI, a  neo sacerdotes, Precisamente en este vínculo común con el Señor podemos y debemos vivir el dinamismo del Espíritu. Como el Señor salió del Padre y nos dio luz, vida y amor, así la misión debe ponernos continuamente en movimiento, impulsarnos a llevar la alegría de Cristo a los que sufren, a los que dudan y también a los reacios”.

De la íntima comunión con Cristo brotará espontáneamente tu amor a los hombres. Enviado para servirlos,  por eso serás hombre y hermano de todos y ahí encontrarás también la razón de ser, de tu amor celibatario.

Debes amar a todos, entregarte a todos sin exclusiones, sin exclusivismo. Hombre que está dispuesto  a dejarse devorar por sus hermanos, porque los ama, y entiende que como su Señor, sólo muriendo, será fecundo. Todos los hombres, todo lo humano te debe interesar porque sabes que nada puede quedarse al margen de Cristo y que todo debe ser instaurado en Él.

De la Eucaristía diaria irás descubriendo que tu vida no es la autorrealización ni el éxito. Por el contrario, debes aprender que tu fin no es el de construirte una existencia interesante o una vida cómoda, ni crearse una comunidad de seguidores, sino que la ley evangélica es desaparecer para que se manifieste Cristo, morir para dar vida en abundancia, como te lo recordaba en el Evangelio de hoy, sembrar para que otro recoja,  gastar tu vida para recuperarla plenamente, servir para reinar con Jesucristo.

Con palabras del Apóstol te exhorto. “El Espíritu de Dios nos ha dado, no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y sobriedad”

2 Tim, 1,1-8

Queridos Damián y Gustavo: Acaban de manifestar públicamente: ¡Aquí estoy!  Aquí estoy para consagrarme a Tu servicio y al de la Iglesia, Aquí  estoy envíame, ordena. Sólo quiero hacer la Voluntad del Padre para servir.

 “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero que se haga un esclavo; como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” Mt. 20,27.

La perfección del amor consiste en “ser del otro”, como Dios. La gloria no es servirse del otro, sino servirle, no es poseerlo, sino pertenecerle por amor. La verdadera libertad es ser en el amor “esclavos” los unos de los otros. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir, está en medio de nosotros como el que sirve; es una de las definiciones más hermosa del Señor.

Hoy, van a asumir delante de toda la Iglesia, el compromiso largamente madurado del celibato, que significa el total despojo de sí, para ser “todo   de Dios”, al servicio de la comunidad entera. Así serán libres para dedicarse al servicio del Señor y de los hombres.

El celibato implica el anonadamiento de nuestro ser, la voluntaria renuncia de los derechos del corazón, creado para compartir la vida en el amor, como nos enseña el libro del Génesis. Y esto sólo es posible porque otro amor más grande: Cristo y su servicio, llenan plenamente la necesidad de amar… Ya sólo interesa la llamada de Dios: servir a los hombres, porque fueron escogidos por Él para imitar al Maestro  y  dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

En el mundo de hoy esto no es muy creíble, no se entiende que se pueda renunciar a un amor humano santo y legítimo por  un amor superior. Ya no se cree en la fidelidad, que es lo mismo que no creer en el amor, el amor por un tiempo es caricatura del mismo. Bien sé que ustedes conscientes  de su pequeñez pero confiando en la gracia de Dios, se presentan con la clara determinación de entregarse para siempre al Señor. Que Él confirme esta decisión.

Queridos hijos: comenzarán a ser siervos de Dios, siervos de la comunidad; colaboradores del obispo y de los sacerdotes, para que el Pueblo de Dios sea atendido en sus requerimientos espirituales y materiales con el fin de encontrarse con Cristo Y Cristo está presente en la Eucaristía, en la Palabra y en los hermanos especialmente los necesitados. Por eso servirán a la Palabra en la predicación y en la catequesis, Palabra que se hará sacramento en el Bautismo. Servirán a la Eucaristía, que distribuirán a los fieles, El Pan Vivo que da la vida al mundo. Y servirán a los hermanos, en quienes el Señor espera recibir nuestra misericordia. Para ellos fueron elegidos los primeros siete diáconos, como nos relata los Hechos de los Apóstoles. Cuando San Pedro enumera las condiciones para ser elegidos (Hc 6,3) piden que sean elegidos hombres de buena fama, dotados de Espíritu y de prudencia. También Pablo le indica a Timoteo en su segunda carta “los diáconos deberán ser hombres honestos, sin doblez, templados, no codiciosos de vil ganancia; que guarden el misterio de la fe en una conciencia pura”.

Todo un programa de vida para ser imitado por ustedes: armonía humana, elevada y sanada por la gracia de Dios; vida irreprochable, fundada en una paz interior que nace del permanente contacto con Cristo Diacono.

Que se vea en ustedes al Maestro, pero más en las obras que en las palabras, porque sean capaces de interiorizar el Evangelio, de tal manera que se les constituya en la sola regla del obrar. La fe que no es activa en el amor, no es fe.

Queridos Julio, Gustavo y Damián: permítanme insistir con palabras del Papa: “Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía…”EG n.206