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Homilía en la Solemnidad de la Virgen del Rosario 2011

HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO PATRONA DE LA ARQUIDIOCESIS DE PARANÁ.

Iglesia Catedral, 7 de octubre de 2011

 

Queridos hermanos

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO (7 DE OCTUBRE DE 2002)

 

Señor Cardenal, Sr. Arzobispo emérito Mons. Maulión,

Queridos sacerdotes, religiosos y consagrados

Queridos diáconos y seminaristas

Queridos hermanos en el Señor:

Desde el inicio de la Evangelización, María es venerada en nuestra tierra bajo la Advocación de nuestra Señora del Rosario. Ya en 1586 se le tributa devoción siendo una de las imágenes más antiguas del país.

En nuestra tierra entrerriana Su presencia en una humilde capilla, en 1730, nuclea al primer grupo de pobladores en la llamada “Bajada de Paraná”. Así comienza la historia religiosa, política y social de nuestra ciudad. Por eso la reconocemos como nuestra Madre, Patrona y Fundadora.

El amor a la Virgen, propagada por el primer párroco, el Padre Francisco Arias Montiel, es el lazo de unidad y factor de progreso para los primeros habitantes de la villa, los cuales en 1825 en un plebiscito popular, la eligen como Patrona. Reconocimiento histórico de nuestro pueblo de la especial protección de Nuestra Madre sobre  esta tierra bañada por el Paraná, que nació bajo Su patrocinio.

.  Queremos  mirar para atrás y escuchar a las generaciones que nos han precedido y  descubrir el signo especial del amor de Dios, la gracia singular enclavada en el corazón de la historia de Paraná y transmitirla, como

fuego sagrado, de generación en generación.


Esa gracia singular de Dios tiene un nombre: la Santísima Virgen del Rosario, así lo proclamamos en su coronación. Ella nos ha precedido en la historia. Junto a Ella nació Paraná; — por eso nació cristiana, — hija de Dios. — Es el alma viviente de nuestro pueblo.  — La Ciudad de hoy quiere ser fiel al tiempo  y sabe que de esta fidelidad surgirá la Ciudad nueva de mañana. Reconocer nuestro origen es asegurar nuestro futuro, profundizar sus raíces es garantizar su crecimiento como ciudad que pone al hombre en el centro porque reconoce a Dios como a su Señor.

“He aquí nuestra historia, -divina y humana, -visible e invisible. -Historia vivida, - más que escrita, - a la sombra de la Madre. - Todo pasó por manos de María – y todo volvió hacia Ella. - Así fue ayer, así es hoy, - queremos que así sea mañana”. Por eso proclamamos que Paraná nació cristiana, como expresábamos el día de la Coronación de esta imagen venerada.


En esta Eucaristía, damos gracia y alabamos al Dios Trino, quien tanto amó al mundo que envió a su propio Hijo para la salvación del mundo y le eligió una Madre tan grande.

Damos gracias y veneramos a Nuestra Madre Santísima. Gracias por su Fiat, que recordábamos con reverencia en el evangelio de hoy. “Yo soy la servidora del Señor que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38). Desde que pronunció estas palabras  “… es y seguirá siendo la servidora del Señor, que nunca se pone en el centro, si no que quiere guiarnos hacia Dios, quiere enseñarnos un estilo de vida en el que se reconoce a Dios como centro de la realidad y de nuestra vida personal” (Benedicto XVI, 10.IX.06).

El “SI” de María fue el modo, en el designio de Dios, de introducir a SU HIJO en el mundo. Cuando Dios pensó Su Plan unió para siempre  a Su Hijo con la Madre, ni Cristo solo, ni María sola, dos vidas compenetradas por el mismo Plan de Salvación. : “...Cuando el ángel te saludó en nombre de Dios respondiste Sí a la invitación divina, y el Verbo se hizo carne en tu seno virginal... desde entonces comenzaste a vivir en íntima comunión con Él, los Misterios todos de su vida y te convertiste en Nuestra Señora del Evangelio, de la redención y de la Gracia”.

Desde el primer instante de Su concepción, Dios  adorna  a María con la plenitud de  gracia, es la Inmaculada, la Toda Bella. Por eso rezamos “amada por Dios desde toda la eternidad, viniste al mundo llena de gracia y sin la más ligera sombra de pecado para ser Madre de Jesús y Madre Nuestra”

Queridos hermanos,  en el día de la coronación los paranaenses reunidos en esta plaza hicieron dos compromisos con María que hoy quisiéramos renovar: — hacer amar al Dios que nos ama — y santificar nuestros hogares.

Qué actualidad tienen estos compromisos hoy.

Benedicto XVI en más de una vez, nos ha invita  a hacer la Revolución del amor. Sólo la caridad cambiará al mundo, porque sólo el amor redentor de Cristo salvó al mundo. Queremos educarnos en la ley del amor — y en la ley del servicio.  La prueba más grande del amor  es dar la vida. Queremos aprender a darla,  gota a gota,  por Dios y por los hombres.  Creemos en la fuerza Omnipotente del amor.

Tenemos que recrear el matrimonio y la familia.  Los tenemos que instaurar en Cristo como salió del corazón de Dios a imagen de la vida Trinitaria y teniendo como modelo la Sagrada familia de Nazaret.

¿Cómo lo haremos en este momento difícil?

Este título de María del Rosario, nos habla de la cercanía de nuestra Madre en los momentos difíciles, que nos brinda un medio maravilloso para conseguir las gracias necesarias y especialmente para alcanzar su gran deseo: que nos identifiquemos con Su Hijo Jesús.

El medio siempre victorioso es el Santo Rosario.  Gracias a él  nuestros hogares podrán convertirse  en anticipos del hogar del cielo, nuestras vidas serán configuradas con el Señor.

“El Rosario es el poema  del amor divino por el hombre.  Es la gesta del Hijo de Dios,  peregrino sobre el mundo,  a través de una vida de familia.

Por medio del Rosario queremos descubrir a nuestra generación  perpleja y destrozada,  por un mundo contradictorio, que hay un oasis siempre a mano  para restaurar el alma  y retomar el camino de las cumbres.  Este oasis es la oración. Queremos aprender a orar y enseñar a orar. — Será nuestro mejor aporte a nuestra patria bicentenaria.

Cada año, nos dice el Santo Padre: “La Virgen es como que nos invitase a redescubrir la belleza de esta oración, simple y tan profunda. El amado Juan Pablo II fue un gran apóstol del Rosario, lo recordamos de rodillas con el rosario entre las manos, inmerso en la contemplación de Cristo, como él mismo ha invitado a hacer”. El Rosario es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, en el seguimiento de Jesús, precedido por María.» (Castelgandolfo 1 octubre de 2006)

 

En su sencillez y profundidad, nos enseñaba el beato Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el Santo Rosario, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización». «El Rosario, exclamaba, es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad.

El Santo Rosario nos hace entrar en la escuela de María, para con sus recuerdos, contemplar el rostro de Cristo, recordar, comprender y configurarse con Él. En el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! Mi vida es Cristo, decía San Pablo, cada uno de nosotros tenemos que repetirlo sin cansarnos, para que por medio de Ella podamos hacerlo realidad.

Queridos hermanos: permítanme hacer mía la exhortación del Beato Juan Pablo II. “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.” Estamos como

 

Arquidiócesis marcados por la Virgen del Rosario, crezcamos en su rezo, en las familias, en todas las comunidades parroquiales.

A ustedes queridos,  sacerdotes,  diáconos, religiosas,  consagrados, seminaristas y a ustedes, agentes pastorales  los invito  para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, se conviertan en sus infatigables  promotores.

Al celebrar hoy a la Virgen, celebramos especialmente a la Madre de Dios. Gracias a Ella nos llego la Vida Plena: Jesucristo. Hablar de la Madre nos lleva necesariamente a pensar en la vida, don maravilloso de Dios, hoy tan amenazada.  La mirada a la realidad nos inunda de un sobrecogedor temor cuando tomamos conciencia que hay sombras oscuras que lastiman, agreden y violentan la vida humana. Ver tantas víctimas, tanto dolor, tanta violencia, tanta injusticia no puede ser una invitación al nihilismo, al derrotismo.

Debemos unirnos, entonces, en el desafío de multiplicar gestos, actitudes, acciones que manifiesten el compromiso ante  la vida humana. El rostro humano que podemos percibir en el seno de una madre, nos piden acoger el don y cuidarlo. El rostro humano de cada niño y, en especial, de aquellos que son explotados, abandonados, sumidos en extrema pobreza, nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano en los jóvenes quienes en la desesperación han llegado al alcohol o a la droga, que sufren la orfandad de adultos que los guíen y eduquen para realizar el sentido de sus vidas nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano de cada anciano y de cada enfermo; el rostro humano de cada hombre y cada mujer, en toda situación y en especial en aquellos contextos en que hacen peligrar su dignidad nos interpelan a acoger y cuidar el don maravilloso de la vida humana.

Hay un acontecimiento único y transcendente que hace irrumpir en el orden natural un principio nuevo e inaudito de «vida». Me refiero a la Encarnación Redentora del Hijo de Dios. “Concebirás y darás a luz un hijo” (Lc 1, 31) son las palabras del ángel Gabriel a la Virgen María, que escuchamos en el Evangelio de hoy y que dan comienzo a una etapa nueva en la historia de la vida. La grandeza de la dignidad humana se pone ahora de manifiesto de un modo incomparable, puesto que el mismo Hijo de Dios asume un rostro humano, una naturaleza humana. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la afirmación más fuerte de la grandeza del ser humano. En Cristo, Dios se ha unido en cierto modo a cada persona y a toda persona. En la Encarnación, Dios elige a la humanidad como morada para su Hijo, para que de este modo, la humanidad llegue a tener una morada divina y una Vida nueva más allá de los límites humanos. Jesucristo, el Hijo de Dios, es “el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre” y sólo en Él se aclara verdaderamente el misterio del hombre (Cf. DA 107).

Él, Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Jn 13,1) Dios vuelve a poner de manifiesto que ama entrañablemente al hombre y que sólo Él es Señor y Soberano de la vida.  El Señor se ofrece, hoy también, como alimento para un mundo hambriento de felicidad y sentido: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51).

Dejemos que Jesucristo, hijo de María, Médico y Maestro, nos enseñe a valorar, a curar y a cuidar la vida; que nos ayude a responder a los interrogantes más profundos y a los desafíos de nuestro tiempo.

Les pido a todos y especialmente a los jóvenes, que escuchen con entusiasmo la buena noticia de la vida que anuncia Jesús, que celebren la vida y que asuman compromisos concretos, que expresen el cuidado y el amor por la vida humana.  ¡Anunciemos con renovado vigor el Evangelio de la Vida!

Madre Santísima del Rosario cuida la vida, especialmente de los más indefensos en el seno de la madre  y de los ancianos hasta su muerte natural.

¡Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio!, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario …, oh Madre nuestra querida, oh refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes, esperanza nuestra, causa de nuestra alegría. Que seas bendita  hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.

“Madre del Rosario: únenos a ti en la tierra y llévanos contigo al cielo”

Que así sea.