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Homilía en la Misa Crismal 2012

 

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL

Paraná, 4 de marzo de 2012.

Catedral Ntra. Señora del Rosario


Querido Cardenal , querido Mons. Maulión

Queridos hermanos en el sacerdocio;

Queridos Consagrados y consagradas, queridos seminaristas

Queridos fieles laicos:

Con gran alegría, nos reunimos hoy en esta solemne Misa Crismal, que pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Misa concelebrada por el Obispo y todo su presbiterio, en la cual se consagrará el Santo Crisma y se  bendecirán el óleo de los catecúmenos y de los enfermos, materia de los sacramentos, que los sacerdotes llevarán a su Parroquia para administrar los misterios de la salvación, así se pone de manifiesto cómo la salvación, transmitida por los signos sacramentales, brota precisamente del Misterio pascual de Cristo; de hecho, somos redimidos con su muerte y resurrección y, mediante los Sacramentos, acudimos a esa misma fuente salvífica. También, hoy, los  sacerdotes renuevan los compromisos que asumieron el día de la Ordenación, para ser totalmente consagrados a Cristo en el ejercicio del sagrado ministerio al servicio de los hermanos. Acompañemos a nuestros sacerdotes con nuestra oración.

Un profundo sentido de la  unidad del sacerdocio en el único Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo Nuestro Señor, se irradia en toda la liturgia que hoy celebramos.

Llegamos a esta celebración con nuestros corazones de pastores, trayendo al altar todas las necesidades de la Arquidiócesis y de la Iglesia; el Señor conoce que nos oprimen los males del mundo, las heridas de la Iglesia y las angustias de las almas y de los cuerpos.

En horas más oscuras que las nuestras, en el primer Jueves Santo, Jesús nos dice: “no se turbe sus corazones. Confíen,  Yo he vencido…Yo estoy con ustedes”.

Al presidir en nombre de Jesús esta concelebración y haciéndome eco del Santo Padre, (Spe Salvi) quisiera invitarlos a levantar el corazón y centrarlo en la serena luz de la Esperanza Teologal.

“ El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (S.S. n.1) .

El Espíritu Santo nos apremia a “vivir alegres en la esperanza” y nuestros hermanos y el mundo exige de nosotros un claro testimonio de esperanza sacerdotal, testimonio de esa esperanza que no defrauda.

La esperanza supone de la fe y en ella se apoya. La crisis y falta de fe se proyectan y se traducen en una crisis de esperanza. Muchos de nuestros hermanos la han perdido y lo que es peor, no les desespera la falta de esperanza.

 

Hemos llegado ya al corazón de la Semana Santa, culminando el camino cuaresmal. Mañana entraremos en el Triduo Pascual, los tres días santos en que la Iglesia conmemora el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Hijo de Dios, después de haberse hecho hombre en obediencia al Padre, llegando a ser del todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr Hb 4,15), aceptó cumplir hasta el final su voluntad, afrontar por amor a nosotros la pasión y la cruz, para hacernos partícipes de su resurrección, para que en Él y por Él podamos vivir para siempre, en el consuelo y en la paz.

 

Este año estará marcado por dos momentos muy fuertes para nuestra vida personal y eclesial: el Sínodo para la Nueva Evangelización y el Año de la Fe. Con la promulgación de este Año, el Santo Padre quiere poner en el centro de la atención eclesial lo que, desde el inicio de su pontificado, más le interesa: el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en él. Por otra parte, la Iglesia es muy consciente de los problemas que debe afrontar hoy la fe y considera más actual que nunca la pregunta que Jesús mismo hizo: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Por esto, «si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces» (Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2011).

El «Año de la fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual, testigos gozosos y convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad».

La proximidad de estos dos grandes acontecimientos de gracia, exige de nosotros los pastores del pueblo de Dios una preparación muy seria y responsable para poder animar a nuestras comunidades. Por eso queridos hermanos los exhorto y me exhorto “a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31).”  La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

Deseo invitar a ustedes queridos hermanos, haciéndome eco de las palabras del Santo Padre a que nos unamos al Sucesor de Pedro en el tiempo

de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe.  Tenemos que prepararnos para  confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedral, en nuestra parroquias, capillas y en todos los rincones de la Arquidiócesis. Confesar la fe con nuestras palabras y con nuestra vida.

Estamos en vísperas del jueves Santo  en donde el Señor pronunciando la bendición sobre el pan y el vino, anticipa el sacrificio de la cruz y manifiesta la intención de perpetuar su presencia en medio de los discípulos: bajo las especies del pan y del vino, Él se hace presente de modo real con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Durante la Última Cena, los Apóstoles son constituidos ministros de este Sacramento de salvación; a ellos Jesús les lava los pies (cfr Jn 13,1-25), invitándoles a amarse unos a otros como Él les amó, dando la vida por ellos.