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Con la participación de 106 obispos, este lunes comenzó la 112° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina en la Casa de Retiros Espirituales El Cenáculo en Pilar.

Las deliberaciones se iniciaron durante la tarde dedicando el tiempo previsto al intercambio pastoral donde los obispos plantearon libremente temas referidos a la acción pastoral y el país.

En este sentido se ha reflexionado sobre el rol de la Iglesia en torno a las situaciones de pobreza, el narcotráfico y la reconciliación. Los obispos destacaron algunos acontecimientos vividos durante el año: el Congreso Eucarístico Nacional, la beatificación de Mama Antula y la Canonización del Cura Brochero. En este sentido se ha destacado el crecimiento de la devoción hacia el nuevo santo en el Año de la Misericordia.

 

Homilía de Mons. Arancedo

 

A continuación compartimos el texto completo de la Homilía pronunciada por Mons. José María Arancedo - Arzobispo de Santa Fe y Presidente de la Conferencia Episcopal-  en la misa de Apertura.

 

“Queridos hermanos:

Iniciamos una nueva Asamblea en la que reflexionaremos el camino y las orientaciones pastorales de la Conferencia Episcopal. La pertenencia al cuerpo episcopal es un don, una gracia al servicio del Pueblo de Dios que, vivido como “expresión del afecto eclesial” guía nuestra “acción evangelizadora y afianza la comunión eclesial”. Qué bien nos hace en este ámbito volver a las palabras del salmista, cuando nos habla del gozo del encuentro fraterno: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos…. Allí el Señor da su bendición” (Sal. 133). Vivir la alegría de nuestro encuentro es un signo de la presencia del Espíritu.

Al iniciar la 112° Asamblea Plenaria no podemos dejar de tener una mirada agradecida  a Dios por este año que estamos concluyendo. Hemos sido testigos de varios acontecimientos que hacen a la Historia de la Iglesia en Argentina y que han enriquecido la vida de nuestras comunidades. En el marco del Año Santo de la Misericordia con su mensaje de conversión y santidad, celebramos en Tucumán, junto al Bicentenario de nuestra Patria, el XI Congreso Eucarístico Nacional que fue una Fiesta de fe eucarística y comunión eclesial. Asistimos, finalmente, a la Beatificación de Mama Antula, y a la canonización de nuestro Cura Brochero, ya nombrado Patrono del clero argentino. ¡Cuántos momentos fuertes y fecundos hemos vivido!

En un mundo con tantas actividades y envueltos en esa fugacidad que debilita la asimilación de los acontecimientos vividos, no dejemos de valorar su espesura y profundidad histórica y de gracia, son hechos que han marcado nuestro camino eclesial a lo largo del año. Es el Señor de la Historia quién nos ha visitado y hemos sido testigos de su paso. Este tiempo vivido compromete, además, nuestro reconocimiento y gratitud a las personas e instituciones que han sido instrumentos en este año de gracia. Que sepamos, Señor, vivir y desarrollar todas las riquezas espirituales y pastorales que encierra este camino de gracia.   

Celebramos la memoria de Santa María, Madre y medianera de la gracia. El evangelio de san Juan nos presenta a María en las bodas Caná, intercediendo ante su Hijo. Es una imagen que nos revela su cercanía de Madre ante las necesidades humanas, y nos muestra su papel de intercesora. Así lo vivió y trasmitió la tradición, así lo definió la Iglesia. Son muchas los signos que nos hablan de esta misión de María. Nuestros Santuarios son un testimonio elocuente de su intercesión. Ella orienta nuestro corazón al encuentro con su Hijo. 

Con su simple: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn. 2, 5), es ella misma la que nos manifiesta su lugar en el plan de Dios. Cuánta confianza nos da el saber que está atenta y nos acompaña con su amor de madre. Ante la multiplicidad de temas que nos ocupan, somos los primeros necesitados de su presencia maternal e intercesora. En  la intimidad de este ámbito colegial quiero decirle, una vez más: María, intercede por nosotros, tus hijos, llamados a ser pastores del pueblo que la Iglesia nos ha confiado.  

Esta atenta y activa actitud de María ante las necesidades humanas, es una imagen en la que encontramos rasgos que nos ayudan en nuestro ministerio pastoral. Es una presencia cercana que ve y se hace cargo de la necesidad del otro. Ella vive su misión con la certeza de ese amor providente de Dios que en su Hijo nos manifestó su amor y misericordia. Su mirada de fe la hace vivir con gozo su “pequeñez de servidora”, y lo hace con la confianza de que su fuerza proviene de lo alto, “el todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc. 1, 46). Esta experiencia de María es, también para nosotros como pastores, la certeza de vivir un camino sostenido por el amor providente de Dios. 

Su cercanía y sensibilidad es, además, una escuela que nos enseña a asumir las necesidades materiales y espirituales de nuestros hermanos, sobre todo los más necesitados. Conocemos la realidad de la pobreza y las dificultades en la que viven muchos hermanos nuestros. Sabemos que la situación social sigue siendo difícil, incluido especialmente el flagelo del narcotráfico con su secuela de destrucción y muerte.  Esta deuda social reclama caminos que permitan cubrir tanto las necesidades básicas como la creación de trabajos dignos que, junto a la educación y capacitación, eleve y aliente proyectos de vida, de modo especial en los jóvenes.

Para alcanzar una sociedad más justa e inclusiva, es necesario junto a la presencia activa del Estado, el compromiso de una dirigencia capaz de salir de una cultura individualista encerrada en sus intereses, para abrirse a las exigencias de la solidaridad y el bien común. La pobreza no es solo un tema económico, es también un tema moral y cultural.

Vuelvo a un tema pendiente en nuestra sociedad. Como argentinos venimos de una historia de desencuentros y heridas que necesitan ser sanadas, para crear juntos una Patria de hermanos. Este espíritu nos llevó a ordenar y disponer nuestros archivos como un servicio que ilumine nuestra historia reciente, de acuerdo a lo dispuesto por la Asamblea de noviembre de 2012. Cuando hablamos de reconciliación lo hacemos desde el evangelio y la dignidad de la persona humana. La reconciliación no es impunidad ni debilidad, ella necesita de la verdad y del ejercicio de una justicia respetuosa de las garantías constitucionales, en la que todos se sientan incluidos. Cuando abrimos nuestra mente y nuestro corazón al valor humano, espiritual y social de la reconciliación caminamos en la justicia hacia la concordia. La reconciliación mira el pasado, ciertamente, pero es camino y profecía de una sociedad nueva. No hay, por lo mismo, futuro posible  de una Patria de hermanos sin espíritu de reconciliación.  

Pongo a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Luján, el comienzo de los trabajos de esta Asamblea Plenaria para que  nos acompañe y nos haga mirar a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén”.  

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