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Homilía Fiesta de la Virgen del Rosario 2016

 

 

 

HOMILÍA DE LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA
DEL ROSARIO, PATRONA DE LA
ARQUIDIÓCESIS DE PARANA


Catedral, 7 de octubre de 2016

 

Queridos hermanos:

 

La Providencia de Dios nos regala una nueva oportunidad de celebrar y honrar a nuestra Fundadora, Patrona y Madre, la Santísima Virgen del Rosario. Hoy lo hacemos con un corazón agradecido y gozoso porque por su intercesión hemos culminado una etapa importante del Sínodo. Y en esta celebración pondremos en su corazón las conclusiones del aula Sinodal para que en las Parroquias se sigan reflexionando y madurando.

Quisiera siguiendo el espíritu del Sínodo hacer en primer lugar MEMORIA. Desde el inicio de la Evangelización en nuestra tierra entrerriana, María es venerada bajo la Advocación de Nuestra Señora del Rosario.

Su presencia en una humilde capilla, en 1730, nuclea al primer grupo de pobladores en la llamada “Baxada de Paraná”. Así comienza la historia religiosa, política y social de nuestra ciudad. Por eso la reconocemos como Fundadora.

El amor a la Virgen, fue el lazo de unidad y factor de progreso para los primeros habitantes de la villa.

Queremos en este tiempo sinodal, como lo decía el año pasado, hacer memoria y descubrir el signo especial del amor de Dios, la gracia singular enclavada en el corazón de la historia de Paraná y transmitirla, como fuego sagrado.

Esa gracia singular de Dios para nuestro pueblo tiene un nombre: la Santísima Virgen del Rosario. Junto a Ella nació Paraná; por eso nació cristiana, hija de Dios.

Reconocer nuestro origen es asegurar nuestro futuro, profundizar sus raíces es garantizar el crecimiento de nuestro pueblo que ponga al hombre en el centro porque reconoce a Dios como a su Señor.

También hoy, queremos mirar el PRESENTE, y contemplar su imagen venerada que nos hace presente y actualiza su presencia: “Tu corazón continúa aquí en la tierra. "En El confiamos” y así admirarnos una vez más al escuchar el Evangelio proclamado: “Cuando el ángel te saludo en nombre de Dios, respondiste sí a la invitación divina y el Verbo se hizo carne en tu seno virginal” y tu respuesta ante la grandeza de Tu vocación “Yo soy la servidora del Señor que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38).

Como María, queremos ser una Iglesia servidora, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, con un nuevo espíritu misionero, para anunciar la Verdad que salva: Jesucristo.

Como María queremos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios estando disponible para escuchar Su designio para nuestra Iglesia y prontitud para decirle “FIAT”.

Hoy, queremos contemplarla como Reina y Madre de la Misericordia, como la invoca esa oración tan antigua de la Salve.

María es Madre de Misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la Misericordia de Dios (cf. Jn 3, 16-18). Esta misericordia alcanza la plenitud en la Cruz y con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios, conforme a Su voluntad, en cada momento histórico del caminar de su pueblo peregrino, escuchando la voz del Señor que nos invita a Navegar Mar adentro, para que Él pueda realizar una vez más la maravilla de la pesca milagrosa. Jesús nos hace partícipes de su amor y de su misión.

María es Madre de Misericordia que perdona a Pedro que niega a su Hijo, también a Judas el traidor y a los que crucifican a Cristo. Seguramente Ella se unió a su Hijo: “Padre, perdónalos…” María nos ofrece la Misericordia de Cristo y nos orienta hacia Él. Ella es camino del perdón, por eso una vez más le pedimos que se una a nuestras voces para pedir perdón a Dios y a nuestros hermanos, por nuestros pecados que oscurecen el misterio de la santidad de la Iglesia. En María triunfa la Misericordia.

Nos encomendamos a la misericordia maternal de María en nuestra debilidad, con el Rosario en las manos, en los labios y en el corazón. El Rosario marca el camino de la misericordia.

Que María, Madre de Misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios, su cercanía en los momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo, para que nuestro camino eclesial, sea experiencia de perdón, de acogida y de caridad! FRANCISCO

Ella es punto de referencia constante para la Iglesia. (EG: 287) y modelo eclesial para la Evangelización, en Ella aprendemos sobre todo una actitud, un estilo, es el estilo mariano con el que hemos de conducirnos en esta hora de nuestra Iglesia que busca su conversión pastoral. Un estilo servicial y tierno, que cuida de los hijos, sobre todo de los más débiles.

María, como Madre, es modelo de amor concreto. No solo lo vemos con su prima Isabel, también en las bodas de Cana en la que se anticipa a las necesidades de los demás y de una manera sublime al pie de la Cruz cuando nos acepta como hijos.

Que Nuestra Madre del Rosario, nos acompañe en este tiempo Sinodal para que podamos redescubrir la alegría de ser discípulos-misioneros de Cristo, que nos conceda un corazón misericordioso para descubrir en el hermano sufriente el rostro de Jesús. Toda su vida estuvo plasmada por la presencia de la Misericordia hecha carne.

María en nuestra memoria, en nuestro presente y en nuestra Profecía:

La profecía no es quien anuncia el futuro, sino el que contempla el rostro de Dios, entra en su intimidad y lo invita a renovar la alianza con Dios.

"Profeta” es aquel que “habla en nombre de Dios”; el que conoce la verdad contenida en la palabra de Dios, la lleva consigo, la transmite a los demás y la custodia como su patrimonio más precioso. Todos los bautizados somos profetas.

Una vez más volvemos nuestra mirada a Nuestra Madre, lo hacemos en Caná. María, hacía “memoria” de todo lo que le ocurría en torno a Su Hijo y lo guardaba en lo profundo de su corazón y tenía una certeza irrebatible: la “presencia” del Dios vivo en su vida cotidiana. Y, desde allí, es que tiene dos actitudes en las bodas de Caná. La primera, de intercesión frente a su hijo: “no tienen vino” y la segunda tiene que ver con el profetismo que María ejerce frente a sus hijos: “hagan todo lo que él les diga”. La Virgen, desde la riqueza de su verdad conocida sobre la identidad misteriosa de Jesús, la transmite a los demás en el sentido de dejarse guiar por la Palabra que da sentido a todas las cosas.

María se transforma en profeta del misterio del Reino de Dios que se hace operante a partir del simple hecho de escuchar y confiar en la Palabra Encarnada. Su profetismo, no termina en sí misma: muestra el camino para ser discípulo del verdadero maestro, su hijo, el Hijo de Dios. Y, desde Jesús entrar a la Casa del Padre, que es lo que todos deseamos y buscamos.

Hoy queremos pedirle que nos haga ser una Iglesia más contemplativa y orante para poder ser más profética, misionera, misericordiosa, samaritana que sea un verdadero “oasis de la Misericordia de Dios”

Ahora nos llega el tiempo de la profecía, hoy entregamos las conclusiones que expresan lo que Dios ha suscitado a los sinodales para la renovación pastoral de nuestras parroquias.

El espíritu profético del Sínodo consiste, como María en Caná, en señalar a Jesús como fuente de la vida plena y siguiendo su pedido “Hagan lo que Él les diga” buscar con humildad entre las conclusiones, el rumbo indicaciones sobre el proceder pastoral para poder legislar, con la gracia de Dios, para una pastoral orgánica de las comunidades parroquiales arquidiocesanas, al servicio de la Nueva Evangelización. Le pido a María la gracia “de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por El, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia que peregrina por Paraná” (Benedicto XVI)

Madre del Rosario, te pido que bendigas a todos los Sinodales por su generosidad, por su amor y servicio a la Iglesia, a la Comisión Central y a todas las Comisiones de trabajo por su entrega desinteresada y gozosa, al grupo Scout Juan Pablo II por su disponibilidad y a todos los que silenciosamente ayudaron con su oración, estudio y aportes.

Que como Iglesia respondamos como misioneros con nuestra vida de fe, esperanza y caridad, cada uno según su carisma, en cada Eucaristía, en cada acto de libertad.

Como es entero el amor de tu Hijo, sea entera nuestra entrega.

Madre de Rosario nos ponemos en tus manos, cuida a todos tus hijos, especialmente a los que más sufren.

Madre del Rosario, únenos a Ti en la tierra y llévanos al cielo.

 

Monseñor Juan Alberto Puiggari