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Homilía de Mons. Tortolo en la Ordenación presbiteral de Ignacio Marcenaro, Juan Alberto Puiggari y Hernán Quijano Guesalaga Mis queridos nuevos sacerdotes, mis queridos hermanos sacerdotes, mi querido pueblo: Después de lo que acaba de suceder aquí en el altar, la palabra del hombre sobra. Debiéramos guardar silencio y sumergirnos en la oración y en la contemplación por esto que ha sucedido en el corazón de estos tres hermanos nuestros, a quienes el Señor ha ungido y consagrado sacerdotes por toda la eternidad. Sin embargo, yo quisiera haceros a vosotros unas reflexiones. El acontecimiento es inmensamente grande para que nos resignemos a guardar silencio. Y quisiera haceros un rápido comentario de la llamada “fórmula de consagración sacerdotal”. Todo sacramento tiene su materia y tiene su forma. La forma es la oración por la cual se invita de una manera especial a Dios a que descienda del Cielo, entre en el alma de sus hijos, y los transforme. Comenzamos con un acto de petición y de súplica porque nosotros no tenemos derecho a nada, absolutamente a nada. Y si acaso somos hijos de Dios es por pura bondad divina. Y entonces la actitud nuestra delante del Señor es, de rodillas, suplicarle sus dones y sus gracias. Por eso la oración de su Iglesia en la administración de este Sacramento comienza con estas palabras: “Te pedimos, Padre Todopoderoso”. Inmediatamente nosotros nos remontamos a Nuestro Padre Celestial, de Quien procede todo don perfecto. Y a El, entonces, nos dirigimos. Importa el concepto de este Dios : Dios Padre, sí, pero Dios Padre Todopoderoso, porque lo que realiza en el corazón de sus elegidos es una obra inmensamente grande. “Te pedimos, Dios Padre Todopoderosos que confieras a estos siervos tuyos la aptitud del Presbiterado”. Mis queridos hijos: el responsable de estos dones es Dios. Por eso le pedimos que confiera, es decir, que os done, que os conceda, que extienda sus manos, que toque a sus elegidos; y que con ese don sagrado con que más de una vez purificó a los profetas, purifique el corazón de los suyos para darle una cabida plena y desbordante al Espíritu Santo que tiene que penetrar en el alma de sus elegidos. “A estos siervos tuyos”. “Renueva en sus corazones el espíritu de santidad”. Y le pedimos al Espíritu Santo que renueve en nuestros corazones ese espíritu de santidad. “Renueve en nuestros corazones”. Necesitamos una irrupci6n en cierta manera violenta del Espíritu Santo para cambiar por dentro nuestros corazones y nuestras almas. Y la acción del Espíritu Santo se deja sentir en la medida de nuestra disponibilidad. En la medida en que tengamos vacío todo el corazón para darle cabida al don del Espíritu Santo. Y por El, también de su plenitud vamos a recibir este don supremo de los hijos de Dios: la santidad. Pero sigue diciendo la oración litúrgica: “Reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado”. Volvemos de nuevo, y retomamos de nuevo el camino de la gracia de Dios : descienda del seno del Padre de la Misericordia sobre sus hijos aquí sobre la tierra. Por eso nosotros podemos acudir al Padre Celestial. “Reciban de Ti”. Nosotros tenemos que seguir avanzando en la vida con la convicción de que el milagro operado en nuestro interior no se debe en mérito a la suplica ni a título humano alguno. Se debe s6lo a la Misericordia de Dios, que cerró sus ojos sobre nuestros pecados, cerró sus ojos sobre las miserias de nuestro espíritu, y libérrimamente, con esa absoluta libertad de Dios, llama a unos y a otros no, a su Ministerio Sacerdotal. Los que estamos marcados con este signo de misericordia, ¿qué otra cosa podemos decir sino “Gracias, Señor, por tu. infinita Bondad”?. Y acaba con esta expresión : “Y sean con su conducta ejemplo de vida”. El pueblo de Dios tiene el derecho de que nosotros con sólo aparecer, presentemos al pueblo de Dios lo que es la condición cristiana. Cada uno de nosotros debiera ser algo así como un transparente de Cristo. Si lo vivimos por dentro con intensidad, si hemos tratado de purificarnos de nuestras miserias, si hemos querido de veras anticiparnos al sacerdocio por medio de una vida santa, nosotros seremos ejemplo de vida para el pueblo de Dios. Y la f6rmula de la consagración de los sacerdotes acaba con esta advertencia y con esta invitación : “Conforma tu vida con el misterio de la Cruz de Cristo”. Mis queridos tres nuevos sacerdotes: He sentido, y sigo sintiendo, una emoción extraordinaria al poder ser instrumento de Dios en la imposición de las manos sobre vosotros. Antes que nada, sed hombres de oración. A través de la oración vais a recibir en cierta manera la transvasación del misterio de Cristo. Es en esos momentos en que hablamos con Dios a solas, en que abrimos de par en par las puertas del alma, son los momentos en los cuales Dios nos trabaja por dentro y va a ir inscribiendo en nuestros corazones de una manera honda y profunda, aquellas verdades y aquellas reflexiones que deben acompañarnos a lo largo de toda la vida. La segunda cosa, y en esto recojo la lección que nos dio nuestro santo obispo de La Plata, Mons. Alberti, en el año de ordenarnos sacerdotes. É1 no nos pudo consagrar; sin embargo, quiso tenernos junto a sí en cierto modo, durante los días del retiro. Y recuerdo la cadencia, la gravedad, la profundidad de su voz que nos dijo estas palabras : “Hijos míos, no os acostumbréis nunca a celebrar la Santa Misa”. Aquella reflexión de nuestro santo Pastor a mí me pareció entonces una cosa sí que era buena, era útil, pero no más. A medida que voy viviendo mi vida sacerdotal, voy recogiendo el contenido maravilloso de esa frase. No podemos acostumbrarnos nunca a tener en nuestras manos el misterio de la Redención humana, a transformar el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en Su Sangre, a realizar los milagros más estupendos que se realizan hoy sobre la tierra. No podríamos lograrlo sino en la medida en que nosotros vivamos el sagrado misterio de la Misa. Por eso, permitidme que esta noche yo ponga un énfasis especial al deciros también a vosotros “no os acostumbréis jamás a celebrar la Santa Misa”. Y por ese sentido de Cristo que se va haciendo cada vez más profundo a medida que damos paso libre a la acción de la gracia en nuestro interior; en esa misma medida se nos irá revelando por vía de superioridad lo que es el Sacrificio de la Misa, y entonces vamos a ver convertir nuestra vida en una Misa continuada. La tercera cosa : marianizad vuestro Sacerdocio. Marianizar el Sacerdocio no es solamente ponerlo en manos de María Santísima, sino en cierta manera firmar un pacto y una alianza con Ella para realizar los dos juntos, la Madre y yo, este misterio de salvación que Cristo nos confía y que de una manera privilegiada le ha confiado a María Santísima. Desde la hora del Ángelus, desde la hora en que Ella dijo : “He aquí la Esclava del Señor. Cúmplase en mí tu Palabra”, quedó asociada definitivamente a todo el misterio universal de Cristo. Por eso, al decir estas palabras : “Marianizad vuestro Sacerdocio”, significa ¡ dadle una potestad sagrada a la Santísima Virgen sobre todo lo vuestro! Y prometedle, de una manera especialísima, dejaros guiar y dejaros acompañar por Ella. Yo quisiera también en estos momentos agradecer a los padres, y agradecer a los hermanos y familiares de estos tres sacerdotes, todo lo que ellos han representado a lo largo de los años de Seminario. Yo sé que las familias cristianas han rezado por ellos, que los compañeros del Colegio San Pablo los han tenido siempre presentes, y yo sé que se ha vivido el desarrollo, la culminación de estas etapas hasta el sacerdocio, como se viven las cosas que son propias, como se viven las cosas que se tienen entrañablemente metidas en el alma, como se viven esas cosas que se han aglutinado a la realidad de todo nuestro ser. Y por eso, el San Pablo se siente en cierta manera consagrado con sus hermanos sacerdotes. Y es así. La acción misteriosa de la gracia, aunque perfilada de otra manera a la gracia sacerdotal, también ha llegado a todos los asistentes. Pero sobre todo a aquellos que por razón de sangre, de vida espiritual, o de intimidad espiritual, han influido y han trabajado en la realización de estas tres vocaciones sacerdotales. A todos yo les quiero decir con toda el alma : muchas gracias. |
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