Nacimos de un misterio de fe, somos un misterio de fe, y debemos ser perennes testigos de la fe. Nuestra vida sin fe es un sinsentido.  Es el fundamento de la vida cristiana, también de la vida cristiana del sacerdote. Pero en nosotros, además, la fe se hace aún más necesaria. Toda nuestra existencia se mueve en el ámbito de lo sobrenatural: ofrecemos cada día el sacrificio del Hijo de Dios y sostenemos su cuerpo en nuestras propias manos; perdonamos en su nombre los pecados, algo que solamente Dios puede hacer (cf. Mc 2,5); representamos ante el pueblo de Dios a Cristo cabeza (LG 28). ¿Cómo puede vivir un sacerdote dedicado de por vida a «las cosas de Dios» (Hb 5,1) si no vive en la fe y de la fe?

La fe nos envuelve, nos penetra, nos nutre. “Nos hace entrar en el ámbito de Dios. Nos hace realizar lo que es propio sólo de la omnipotencia de Dios y de su misericordia” (Mons. Adolfo Tortolo. Jueves Santo de 1971).

Es el primer don que nos da Dios, en el bautismo, “la puerta de la fe”, que nos introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia”  hay que agradecerla con humildad todos los días, pero también hay que cuidarla y acrecentarla. Debe crecer hasta llegar a la puerta del cielo.

Crece, sí por la donación amorosa de Dios, pero requiere la colaboración  del hombre…la meditación asidua de la Palabra de Dios, la celebración piadosa de la Eucaristía, la aceptación de Su Santa Voluntad, la purificación, las noches, el estudio…

Pero bien sabemos, aunque muchas veces flaqueamos, que la oración, bajo todas sus formas es el medio vital, es el clima propicio, pero también imprescindible que desarrolla y enriquece la Fe.  Sin oración, la fe, aún la más instruida se debilita y amenaza muerte.

La intensidad de nuestra Fe está en directa relación con la calidad de nuestra oración. Dios quiera que seamos capaces de comprometernos todos a crecer en nuestra vida de oración para poder así ser maestros de la fe de nuestro pueblo, desposeídos de nosotros mismos, con constante disposición para darse, servir y entregarse por nuestros hermanos.

Sólo la Fe viva, la fe luminosa animada por la caridad teologal nos da el sentido profundo que puede sostener y alimentar el verdadero sacerdocio.

De otro modo nuestro sacerdocio comenzará a ser un don sepultado bajo la rutina, la superficialidad y hasta la inconsciencia. La misteriosa presencia de Cristo, que llevamos dentro, quedará oscurecida y relegada. La crisis será inevitable y cuando naufraga un sacerdote nunca naufraga solo.

 

Queridos sacerdotes: van a renovar las promesas sacerdotales, y seguramente recordarán ese gesto de poner sus manos en las manos del obispo, prometiéndole respeto y obediencia. El Santo  Padre nos recordaba a los obispos, que este gesto no es en un único sentido, sino que compromete a ambos; a mí “a custodiar esas manos”. Les agradezco el trabajo intenso  y los aliento frente a las dificultades. Rezo siempre por ustedes,  pienso en los que son mayores y que han sembrado con generosidad el Evangelio, los acompaño con veneración,  pienso en los más jóvenes que tienen un largo trayecto por delante, enfrentando este momento de cambios tan vertiginosos, pienso en los que están en la edad madura y que cargan con las mayores responsabilidades, en los que sufren enfermedad, los que trabajan en otras diócesis o al servicio de la Santa Sede. Los tengo a todos muy presentes en mis oraciones diarias y pido la gracia que vayamos edificando cada vez más un presbiterio santo, para  poder trabajar sin descanso en la apasionante misión de la Nueva Evangelización..

 

Y a ustedes queridos hermanos consagrados y laicos: necesitamos sus oraciones y apoyo, para poder seguir gastándonos y desgastándonos en el servicio al pueblo de Dios que peregrina en Paraná.

 

Confiemos nuestro sacerdocio a la Madre de Dios, proclamada bienaventurada porque ha creído. Ella vivió de fe en todos los momentos de su vida. Conoció las oscuridades y las pruebas. Ella fue fiel, que nos conceda  de Su Hijo, la gracia, para que seamos fuertes en la Fe.

Que así sea